Llegué al Maratón del Castillo por casualidad, como a tantos otros. Había oído de los 100 kilómetros Madrid-Segovia y mirando su web vi que también había distancias de maratón y 65 kilómetros. Parecía la ocasión ideal para introducir un maratón en el mes de septiembre, que siempre anda más escaso de ellos. También tentaban las distancias más largas, pero con un calendario completo las 4 semanas posteriores lo más lógico era añadir “solo” el maratón en mi hoja de ruta. Y así me inscribí, con bastantes meses de antelación, reservando una pensión a una distancia razonable de Plaza de Castilla.
Todas las carreras comparten la misma ruta, abandonando Madrid, y recorriendo en su mayor parte caminos destinados al ganado siguiendo el Camino de Santiago en dirección a Segovia, bajo cuyo acueducto acabará la prueba más larga. El maratón nos llevará hasta Manzanares el Real, al pie de la Sierra de Guadarrama, tras pasar por Tres Cantos y Colmenar Viejo.
Con todas las pruebas con salida a las 5 de la madrugada, en esta ocasión tengo que madrugar aún más. A las 3 me suena el despertador, tomo un desayuno ligero, y me encamino hacia Plaza de Castilla, que queda a unos 30 minutos a pie. En el camino me cruzo con Antonio Rojas, y ya hacemos a buen paso el último tramo, hasta donde se agrupan los corredores. Ya allí me encuentro con Pepe Turón, que amablemente me cogió el dorsal y bolsa del corredor con antelación. No es el único conocido. También están por allí Idoia, Luis, Mario, Fabiani, o David, entre otros ávidos maratoniacos. Momento de dejar la mochila con las pertenencias en la furgoneta destinada a Manzanares.
Partimos de Plaza de Castilla para recorrer los primeros kilómetros, fáciles, por las calles de Madrid hacia las afueras. No pasa mucho tiempo hasta que dejamos el asfalto y es necesario recurrir al frontal. Breves intervalos de lluvia ligera nos refrescan en una noche agradable para correr, aunque el terreno no da lugar para despistarse. Aparte del frecuente desnivel, lo irregular del terreno, donde se intercalan piedras de todas las formas y tamaños, y las zonas arboladas, hacen difícil la travesía en las horas más oscuras. En mis carnes sufro una caída lateral, tras un tropezón, aunque sin mayores consecuencias que el susto, y un poco de daño en la autoestima.
Extremando las precauciones tengo la sensación de ir más lento de lo que debería. Llegamos a un punto en que tenemos que cruzar varios torrentes de agua consecutivos saltando por encima de unas piedras. A punto de resbalar en el primero, decido que no merece la pena andarse con remilgos, y cruzo los siguientes corriendo. Con los pies mojados, pero sin arriesgar caídas y evitando las filas de corredores que se han formado en cada uno escalo algunas posiciones.
Con el amanecer, ya ha transcurrido más de la mitad de la prueba. Los avituallamientos son solo 3, pero con la mochila de hidratación voy bien. Tampoco hace calor y no necesito beber demasiado. Con algunas de las cuestas más fuertes, me veo forzado ya en los últimos kilómetros a subir andando.
Enfilando la Sierra de Guadarrama, que cada vez aparece más cerca, se perfila ya el castillo de Manzanares el Real que da nombre a este maratón. Un tramo cuesta abajo nos lleva en cuestión de unos minutos a alcanzar la línea de meta, que cruzo en 4.50.38.
Aunque no creí que hubiese terminado tan al frente, al final en posición 29 de 133 llegados a meta en los 42k. Tras la entrada, aprovecho para cambiarme, y aunque están disponibles las duchas del polideportivo, prefiero coger el primer autobus de vuelta a la capital.
La siguiente semana nos esperaban, por tercera vez, labores de liebre de 1h55m en la Media Maratón de Valladolid.
