Al final me puse con la crónica de este maratón, que había estado postergando de modo indefinido. No sé bien si fue la pereza, yendo de vacaciones dos días después de correrlo, o el hecho de no tener mucho que contar en lo que respecta a la carrera en sí.
Desde que corrí “el Boedo” en 2023 lo había considerado en mi calendario también para 2024. Como en la última ocasión, quedé con Gorriti y dos amigos suyos a las 6 para llegar con tiempo de coger el dorsal.
De nuevo se nota que el pueblo está volcado con esta prueba, y con su alma mater Gabriel (y familia). No tardamos en situarnos en la salida, con muchas caras conocidas y la clásica pieza de saxofón para iniciar sus 3 vueltas.
No tan caluroso como el año pasado me uno a un pequeño grupo, al que dejaré poco después. Poco multitudinario hay quien no gusta de estas pruebas. Para mí, el corredor de fondo, y más concretamente el maratoniano, debe ser un tipo acostumbrado a la soledad. A fin de cuentas, no se trata tanto de competir con los demás, como enfrentarse a uno mismo. Un ejercicio introspectivo de autoconocimiento.
En las piernas, pocos cartuchos me quedan. Se notan los varios maratones de las últimas semanas, en un recorrido con alguna exigencia. Pensando más en el evento postcarrera voy descontando los kilómetros.
Llego a meta en 4.27.27, y posición 40 de 61 llegados a meta. Más de 30 minutos más lento que el año pasado, acorde a las sensaciones que había ido encontrando en carrera.
Siempre me habían contado de la paella multitudinaria tras la carrera, pero no me había quedado a disfrutarla. Este año sí contaba con ello, y desde luego que mereció la pena. Todo el pueblo y corredores reunidos en el parque junto a la meta, con paella vegetariana, melón y bebida. No puede haber queja ninguna. Todo gratis, para un maratón en tierras castellanas a mediados de agosto. ¿Qué más se puede pedir?
Tras este maratón, tocan unos días de descanso. En principio el siguiente maratón solo sería a finales de septiembre.
