REGRESO AL PASADO: MAPOMA 2000, UN DEBUT MARATONIANO

 

Visto que va a transcurrir un tiempo hasta que podamos volver a competir de un modo “normal” hemos decidido revisitar algunas carreras pasadas.

Para empezar y celebrar el 20 aniversario de nuestro debut en la distancia mítica del maratón volvemos hasta un lejano año 2000. La cita escogida fue el Maratón Popular de Madrid, llamado familiarmente MAPOMA, que se celebró el 30 de abril de aquel año.

En aquel entonces, y con 24 años, llevábamos unos cuantos años corriendo y algunas competiciones habían caído ya. En concreto 50 carreras, de las cuales ocho habían sido media maratones, donde acreditábamos 1.35.45. La única experiencia con una distancia mayor había sido un intento, en vano, de terminar los “100km en 24 horas” de 1999, otra prueba clásica de Madrid, y que también merecerá su entrada.

Gracias a ser extremadamente metódico o friki ya para aquella época, llevaba minuciosos cuadernos de entrenamiento. Actualmente no difieren demasiado de los que llevaba en aquellos días. Sin ser muy detallados han resultado sin embargo extremadamente útiles durante los años.

Habíamos comenzado el año 2000 con unas fiebres persistentes, que nos tuvieron sin correr 12 días. Creo que salvo en este confinamiento ha sido la última vez que estuvimos parados tanto tiempo. Obviamente volvimos a correr poco a poco.

Releyendo el calendario de entrenamientos, hoy me sorprende lo poco que entrenamos antes del día D. En marzo ninguna semana corrimos más de 4 días, metiendo un entrenamiento largo de 27k en sábado, e incluso en una de ellas, mucho más light, corriendo solo tres días (¡y con una distancia máxima de 10k!). En abril, con el maratón para acabar el mes, intercalamos semanas de 3-4 entrenamientos, haciendo solo una tirada “larga” de 22k.

Como resumen, el kilometraje semanal máximo había sido 57k, habiendo hecho 156k en febrero, 206 en marzo y llegando al día D con escasamente 150k en abril. Habrá quien diga que son niveles muy bajos de entrenamiento para llegar con alguna opción al maratón, pero así nos plantábamos en Madrid el sábado.

El MAPOMA ya estaba bien establecido en el calendario nacional de maratón. Iba por su 23ª edición, en una época en que el número de carreras en España era mucho más reducido. No habíamos llegado al boom en que estábamos hasta hace poco, y el maratón era una distancia que se miraba con respeto, casi venerable.

En el año 2020 había planificados 25 maratones “oficiales” en España. En el año 2000, junto a Madrid, solo se disputaban un puñado de pruebas en territorio nacional: Badajoz, Valencia, Sevilla, Barcelona, Aguilar de Campoo y Los Pacos-Fuengirola.

La feria del corredor estaba en un hotel en el centro de Madrid, aunque nada equiparable al tamaño de las ferias de hoy día en algunos de los grandes maratones. Sin embargo, la bolsa del corredor estaba bien provista. Pasar la noche de la carrera en un hotel al lado de Gran Vía no fue la mejor idea. El ruido hasta casi el amanecer, y los nervios antes de afrontar los 42 kilómetros, apenas concedieron un par de horas de descanso.

En aquellas fechas los geles aún eran inexistentes, o solo para profesionales, y ahí aparecíamos en la zona de salida con unos cuantos frutos secos en el bolsillo y dispuestos a darlo todo. Con unos 8000 inscritos, era el maratón más multitudinario de España, a pesar de su duro recorrido.

Lo bueno de debutar en una distancia es la falta de presión por mejorar tu marca. Comenzando puntualmente a las 9.30, aún tardamos casi 3 minutos en pasar por debajo del arco de salida. La táctica era tomarlo con calma y conseguir acabar del mejor modo posible.

Nunca había estado en una carrera con tanta gente, y público. Ciertamente las cosas estaban siendo fáciles. Pasaba la media maratón en 2.10.43. Un ritmo muy asequible, que me permitía afrontar con confianza el resto de la prueba. Aunque sin experiencia, había leído bastantes artículos en una de las revistas con más tirón de aquella época, la Corricolari, respecto al temido “muro” y lo que se podía esperar a partir del kilómetro 32. No había tantas revistas ni información disponible en una internet aún incipiente.

Al pasar los kilómetros, y sobre todo en la temida zona de la Casa de Campo, que sigue siendo de las más duras en la actualidad, las energías empezaron a escasear. Sin embargo, la meta estaba ya cada vez más próxima. Aún quedaban las estimulantes caceroladas en la ribera del Manzanares y la mítica música de la película “Carros de Fuego” llegando a Puerta del Sol.

Sabiendo que la meta esta próxima entramos en la larga recta del Paseo de la Castellana, para encarar la Fuente de Neptuno, donde está la zona de meta. Con la meta a la vista, ya solo es cuestión de pedir un último esfuerzo a las agotadas piernas y cruzar la línea de meta en 4.25.09 (tiempo neto 4.22.23), en el puesto 5271 de 6552 finalistas.

Entre extasiado por lo conseguido y agotado por el esfuerzo caminamos a duras penas para recoger la “placa” de finalista. Por alguna razón en aquellos años estas placas sustituían a las populares medallas.

Aún hacía falta un poco de tiempo para asimilar lo conseguido: la distancia mítica del maratón había caído, y lo que otrora parecía inalcanzable era ya una realidad.

Aún no sabíamos que aquello era el comienzo de una larga amistad con la distancia de Filípides. Volveríamos a Madrid en otras cuatro ocasiones, y allí íbamos a celebrar nuestro vigésimo aniversario maratoniano acudiendo de nuevo a sus calles. Aunque ahora rebautizado como Maratón Rock n´Roll de Madrid, para algunos seguirá siendo MAPOMA.

Retrasado para noviembre, esperemos que puede celebrarse y poder cerrar este ciclo en el mismo lugar donde comenzó todo, un ya lejano 30 de abril de 2000.

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